Una primavera sin flores

Por Maximiliano Sbarbi Osuna (publicado en el diario BAE el 20/09/2012)

Se suponía que el estallido de la llamada Primavera  Árabe a comienzos del año pasado iba a producir en Medio Oriente y Norte de África la caída de dictaduras y una paulatina democratización.

Por eso, la cólera de cientos de personas que asaltaron el consulado norteamericano de Bengasi -en donde se gestó la revuelta contra Kadafi-  en el que fue asesinado el embajador de Washington, Chris Stevens, no coincide con la lógica de la “liberación regional”.

Entonces, ¿qué sucedió? ¿Cómo una importante facción el gobierno que la OTAN ayudó a tomar el poder en Libia llama a una revuelta contra los EE.UU.?

La aparición del avance de la película de bajo presupuesto “La inocencia de los musulmanes” fue la excusa que la milicia bien armada, que atacó el consulado el día del undécimo aniversario del 11-S, utilizó para generar aun más indignación entre los religiosos.

El año pasado, los EE.UU. y Europa brindaron apoyo a los grupos extremistas salafistas, a los que durante más una década combatió Kadafi. También los clanes relegados de la sociedad tribal libia decidieron acompañar el cambio de régimen, para convertirse en los nuevos proveedores del petróleo libio a Occidente.

Si a esto se le suma que durante el 2011 cientos de combatientes de Al Qaeda fueron movilizados desde los países del Golfo Pérsico, una vez alcanzado el poder comienzan las disputas entre la heterogénea coalición anti kadafista.

Una combinación de peligrosos factores generó el ataque contra el consulado: las luchas entre tribus -ahora bien armadas con los arsenales que Kadafi recibía de la UE y de Rusia-  la llegada de militantes islamistas que se suman a los salafistas ya presentes y los señores de la guerra locales. Todos, con ansias de poder.

Campaña electoral

Si la violencia continúa propagándose a dos meses de las elecciones presidenciales norteamericanas, el candidato republicano Mitt Romney podría argüir que Obama fracasó en la guerra contra el terror y podría desempolvar el viejo plan de la era Bush para atacar a Irán, el objetivo más codiciado por sus recursos y el máximo rival de Israel.

En 1979, durante el gobierno del demócrata Jimmy Carter, el nuevo gobierno islámico de Irán tomó la embajada estadounidense en Teherán y retuvo  a 66 diplomáticos, uno de los hechos que impidió la reelección del presidente y el ascenso del conservador Ronald Reagan.

Romney por primera vez introdujo en la campaña un tema internacional, ya que los votantes están más preocupados por la recuperación del empleo que por las guerras a miles de kilómetros.

Ira en el mundo musulmán

La lógica de las revueltas árabes consiste básicamente en cambiar regímenes ya caducos, de acuerdo con los intereses de los promotores (Occidente, Turquía  y Monarquías del Golfo), por una supuesta democratización.

Tanto en Túnez como en Egipto partidos islamistas moderados, que fueron proscriptos durante las dictaduras militares son los que alcanzaron el poder tras las elecciones. A ellos apunta Washington a la hora de construir alianzas regionales.

En Egipto la Hermandad Musulmana representada por el presidente, Mohamed Morsi, va a respetar los acuerdos de paz con Israel, uno de los pilares del equilibrio regional.

Además, Morsi condenó el régimen sirio y a Irán, pero para lograr que la sociedad egipcia que padeció la alineación directa entre los militares y Occidente se vuelva contra su gobierno, llamó a sus seguidores protestar pacíficamente frente a la embajada norteamericana en El Cairo. Esta proclama causó malestar entre los diplomáticos norteamericanos en Egipto, que en Twitter respondieron a modo de advertencia “nosotros también leemos árabe”.

Por su parte, Al Qaeda, que fue aliada en Libia, no quiere quedar afuera del reparto del poder. Algo similar podría suceder en Siria, si se produjera la caída de Al Assad, ya que Washington coordinó con Yemen el envío de cientos de combatientes de esta red a aquel país.

Siria es el mayor aliado de Irán, junto con la milicia libanesa Hezbolá y con una gran parte del gobierno de Irak. Entre todos forman el corredor chiita, una amplia porción de tierra de medio Oriente rica en petróleo, que responde más a los intereses de Moscú y Pekín que a los occidentales.

En el norte de África, el salafismo, una rama del islam sunita promovida por uno de los mayores aliados de los EE.UU, Arabia Saudita, es el que comienza a desestabilizar el panorama y  a alejarse de la unión con sectores no extremistas.

El pacto con los que Occidente llama moderados, Hermanos Musulmanes en Egipto y Siria y con las corrientes nacionalistas en Libia es el escenario al que Washington apunta para tejer alianzas, tras la caída de las dictaduras.

De acuerdo con el diario británico The Independent, el Departamento de Estado norteamericano tuvo información de la rebelión dos días antes de que los militantes tomaran el consulado de Bengasi. ¿Por qué no previó el ataque?

Quizás el Pentágono no se sorprendió por la tragedia en Bengasi ni por otros hechos similares que podrían suceder, sino que posiblemente están contemplados como el costo que se debe pagar para quebrar la hegemonía de Irán, acceder a nuevas fuentes de petróleo, resguardar los tratados firmados por Israel y alejar a los competidores chinos y rusos de la región.

 

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