Brasil, donde la violencia se desplaza de las ciudades al campo

Por Maximiliano Sbarbi Osuna (publicado en el sitio Observador Global el 19/01/2012)

Más de un millón de personas fueron asesinadas en Brasil desde 1985, superando en proporción a México. Aunque desde el gobierno de Lula da Silva las políticas inclusivas provocaron una reducción en la cantidad de asesinatos. Pero, ¿por qué aumentaron los homicidios en las zonas rurales? ¿Funcionó la táctica militar en las favelas y en las fronteras?

La violencia urbana es un grave problema en América Latina. Los medios suelen poner el foco en los homicidios en México, por el grado de crecimiento que tuvieron en pocos años, sin embargo Brasil continúa presentando altas cifras.

Detrás de Venezuela y Colombia, Brasil emerge como el país más violento de la región con 26 muertes cada cien mil habitantes y una estremecedora cifra acumulada de más de un millón de personas asesinadas desde 1985, de acuerdo con el Instituto Sangari de San Pablo.

Actualmente, 137 personas mueren por día en causas violentas.

En 2003 la cantidad de homicidios llegó a su máximo, para luego descender y ubicarse en el promedio actual, pero un factor destacable es que en las grandes ciudades la violencia disminuyó, mientras que en las zonas rurales aumentó.

DESCENSO EN LAS GRANDES CIUDADES

Pese a que desde el inicio del gobierno de Lula da Silva (2003), la región más pobre, el nordeste brasileño, se haya beneficiado con programas sociales que lograron incluir en el sistema laboral a cientos de miles de marginados, los asesinatos crecieron.

Así, en el estado de Bahía y en el sureño Paraná la violencia se disparó un 303%  y un 252% respectivamente en la última década, según datos del Ministerio de Salud.

El origen del problema es que el crecimiento económico sin una suficiente presencia estatal, más allá de las fuerzas de seguridad, trajo aparejado el consumo de drogas pesadas y en consecuencia, a las organizaciones de narcotraficantes.

También, la política represiva contra los narcos en los estados más populosos como Río de Janeiro, San Pablo y Santa Catarina, obligó a los narcos a emigrar a las regiones que presentaban un desarrollo y un consumo incipiente.

La eficaz campaña de desarme en las grandes ciudades, la inversión en seguridad pública y las políticas estatales contra la violencia, que se están implementando contrarreloj para poder presentar un país estable en la Copa Mundial de Fútbol 2014 y en los Juegos Olímpicos de Río 2016, contribuyeron a rebajar los índices de homicidios considerablemente.

Desde 2003, los crímenes en Río de Janeiro pasaron de 51 a 26,2, que coincide con la media nacional, y en San Pablo de 42,2 a 13,9, que es la mitad de la media.

DESIGUALDAD

Entonces, ¿por qué el crecimiento económico que llegó hasta zonas muy pobres no permitió la reducción de la violencia en esos estados?

En primer término, es un error asociar a la pobreza con la delincuencia. Aunque durante la era Lula sucedió algo importante: unas 20 millones de personas egresaron de la indigencia para alojarse en la pobreza.

Pero, esta potencia emergente presenta un grado elevado de desigualdad, con millones de personas excluidas del mercado laboral y de la educación, que es la base del futuro próspero de una sociedad.

Asimismo, el sector más afectado por los homicidios son los jóvenes entre 15 y 24 años, cuyo 20% no estudia ni trabaja, siendo los de piel negra los que menos chances tienen de hacerlo. Por eso, además de la violencia que ejerce la exclusión contra estos jóvenes al no estar integrados en el sistema social, son los más vulnerables en cuanto a la cantidad de homicidios.

FRONTERAS

Otro de los orígenes de la violencia es el escaso control del Estado de los 16 mil kilómetros de fronteras que tiene Brasil por el que transitan ilegalmente armas, personas en estado de esclavitud y drogas.

Es más, el mismo gobierno las califica de “porosas”. Por eso, estableció los planes militares Ágata, en los que se movilizaron 6.500 soldados.

El Ágata 1 se implementó en la frontera brasileña con Colombia y Perú. Luego, Ágata 2, en las fronteras con Paraguay y Argentina. Y por último, Ágata 3, se desarrolló en los márgenes linderos con Perú, Bolivia y Paraguay.

PRESENCIA DEL ESTADO

Tanto los ejercicios militares en las fronteras, como las redadas en las favelas de Río y San Pablo garantizan la presencia del Estado, que como está demostrado disminuye los niveles de delincuencia.

Pero, no es esa presencia estatal la que necesita Brasil para disminuir la violencia, ya que el Estado debe abrir nuevos programas sociales y comprometerse a mantenerlos, como sucedió en Río y San Pablo.

En cambio, en el nordeste, el desarrollo económico no corrió al mismo nivel que la mejora de la educación o de las políticas sociales de contención.

Además, la campaña de desarme, que está en las fases iniciales, debería extenderse a todo el territorio, como también la promoción estatal de las mediaciones entre los ciudadanos.

Pero fundamentalmente, habría que atacar la concentración de la riqueza, que es la principal causa de desigualdad en este país que continúa creciendo económicamente a nivel interno, en sus exportaciones y experimenta un peso político mundial cada vez más influyente.

Brasil no puede dejar escapar la oportunidad de un crecimiento sostenido, con una población dividida entre la riqueza extrema, que ostentan algunas familias, y la abundante pobreza, que si bien se han hecho importantes avances, aun continúa siendo uno de los factores más desestabilizadores del gigante sudamericano.

Publicado en:
http://observadorglobal.com/brasil-donde-la-violencia-se-desplaza-de-las-ciudades-al-campo-n38712.html

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