11-S: Mentiras y negocios en el mundo del “vale todo”

Por Maximiliano Sbarbi Osuna (publicado en el diario BAE el 12/09/2011)

La reacción que siguió a los inesperados ataques del 11 de septiembre de 2001 fue, como se esperaba, brutal. No sólo porque los atentados coordinados fueron impactantes, sino porque los objetivos bélicos elegidos fueron deliberadamente manipulados.

La tolerancia y hasta el apoyo que Washington le brindaba a los talibanes afganos, junto con Arabia Saudita y Pakistán para contener la influencia regional de Irán era incongruente con la imagen democrática y antiterrorista que el gobierno de Bill Clinton quería demostrar.

Luego, bajo la era de Bush hijo, después de la caída de las principales ciudades insurgentes en Afganistán, los halcones del pentágono que habían servido a Bush padre y que en ese momento volvieron a formar parte del gobierno, desempolvaron el viejo plan de derrocamiento de Saddam Hussein y la invasión a Irak, país que no estaba relacionado con los ataques del 11-S.

El miedo a que se produjera otro atentado se había apoderado de la ciudadanía. Más tarde, se extendió en 2002 con el ataque extremista a Bali. Por eso, la población apoyó mayoritariamente la invasión a Irak.

El factor Al Qaeda era esgrimido por el gobierno de los Estados Unidos, sus aliados europeos y reproducido por los medios ante la búsqueda de un enemigo común, para legitimar guerras, capturas e interrogaciones ilegales de los sospechosos, al mismo tiempo que los propios ciudadanos estadounidenses fueron perdiendo las libertades individuales.

Los norteamericanos soportaron mansamente que se endurecieran las leyes y que atentaran contra la privacidad, dado que luego de los ataques fue legal intervenir teléfonos y espiar correos electrónicos. Aun hoy, el presidente Obama extendió esta facultad extraordinaria, mientras el jefe del Pentágono afirma que los Estados Unidos pueden ser víctimas de otro ataque terrorista.

Pero, no sólo el miedo al musulmán fanático organizado en Afganistán se había instalado en los países centrales, sino a los propios musulmanes inmigrantes, a tal punto que Obama tuvo que repetir en varias ocasiones que los Estados Unidos no estaban en guerra con el Islam.

Luego, sobrevinieron los ataques a Atocha, en Madrid en 2004 y a Londres en 2005. En ese momento, la sociedad europea comenzó a percibir que quizás no fue una buena estrategia  apoyar la guerra de Irak y que las armas de destrucción masiva de Hussein eran un invento para apresurar la invasión.

La excusa de la amenaza de Al Qaeda fue utilizada por el gobierno norteamericano para mantener a sus propios ciudadanos temerosos, pero en la práctica apoyó en varios puntos las insurgencias de pueblos musulmanes que mantenían lazos con terroristas –de acuerdo con las versiones del Departamento de Estado- en contra de algún país rival de Washington.

Por ejemplo, la Casa Blanca criticó las violaciones a los derechos humanos de Rusia en Chechenia, de China en Xingjiang, de los países de Asia Central de la órbita rusa contra los separatistas y por último armó a los rebeldes libios, una combinación de tribus, guerrillas y elementos de Al Qaeda.

Los Estados Unidos intentan demostrar a diez años del 11-S que Afganistán e Irak están pacificados y democratizados y además presenta la carta victoriosa de la muerte de Bin Laden.

Sin embargo, la opinión pública cansada de tantas muertes de soldados propios y de un gasto elevadísimo por las incursiones bélicas decide creer en el argumento de la victoria de la intervención en países promotores de terrorismo.

Sin embargo, varios analistas sostienen que el objetivo de Bin Laden del 11-S no fue el asesinato de personas, sino destruir económicamente a los Estados Unidos, hecho que coincide con la caótica realidad económica de las potencias. El gasto de las guerras, que benefició a las empresas privadas, creó un enorme déficit en la economía estadounidense.

Pero, es probable que el desastre financiero se haya producido igual, sin la intervención de Al Qaeda, por las especulaciones de las hipotecas subprime.

Por otro lado, los países ocupados se convirtieron en un infierno, ya que en Irak se calcula que la cifra de muertos por la guerra supera el millón, mientras que los talibanes se hicieron fuertes en Pakistán, con la complicidad de sectores del Ejército y de los servicios secretos.

En Irak, la retirada que Obama anuncia como un logro, se pudo llevar a cabo por las negociaciones con Irán, al que le otorgaron una gran participación en la reconstrucción del país a cambio de que le restara apoyo a la resistencia chiita.

En Irak quedaron los abusos de la cárcel de Abu Ghraib, como símbolo de la tortura, mientras que a los sospechosos afganos se los mantiene recluidos en Guantánamo, otra insignia de que las leyes internacionales pueden ser violadas sin ninguna consecuencia.

A una década del más devastador ataque en suelo norteamericano, la población estadounidense y europea no se siente segura. Los exhaustivos controles en los vuelos les recuerdan diariamente que el enemigo puede estar infiltrado.

Por eso, desde el punto de vista práctico, la muerte de Bin Laden es irrelevante, ya que Al Qaeda había mutado. No es más una organización que dependa de algunos líderes ocultos en Afganistán o Pakistán, sino que la prédica del extremismo llega hasta individuos aislados, que pueden aprender a armar una bomba casera y detonarla en cualquier lugar sin necesidad de cruzar ninguna frontera, porque esos mismos fanáticos son ciudadanos europeos o estadounidenses marginados.

La reacción desmedida y desvirtuada al 11-S produjo que los musulmanes se sintieran agredidos en sus naciones de origen y estigmatizados en los países centrales. Eso genera más odio y la posibilidad de que se produzcan nuevos atentados, en nombre de Al Qaeda, aunque esta organización se haya debilitado y dispersado.

Evidentemente, el mundo es un lugar más inseguro después del 11-S.

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