Brasil: ¿Crecer a toda costa?

Por Maximiliano Sbarbi Osuna (publicado en el sitio Observador Global el 27/04/2010)

Tras el anuncio de la inminente construcción de la gran central hidroeléctrica de Belo Monte en la región amazónica, grupos indígenas, sin tierras y ambientalistas pusieron el grito en el cielo. En su afán por mantener a Brasil bien posicionado en el mundo y con la mira puesta en la macroeconomía, Lula da Silva es cuestionado por no cumplir con algunas de sus promesas hechas a indígenas y campesinos y por no preservar debidamente el medio ambiente. Las actividades económicas que hoy engrandecen a Brasil, ¿serán su ruina ecológica el día de mañana?

Indígenas protestan contra la construcción de la represa de Belo Monte

Artículo original:
http://observadorglobal.com/brasil-crecer-a-toda-costa-n7058.html

El balance de los dos períodos presidenciales del presidente Lula da Silva arroja resultados muy positivos desde el punto de vista económico y del crecimiento de la influencia a nivel mundial.

A pesar de la crisis internacional, que comenzó a fines de 2008 y que impidió que Brasil expandiera su economía, diversos proyectos industriales y de atracción de inversiones situaron al gigante sudamericano entre los principales países emergentes.

El peso que tiene en Latinoamérica lo convierte en líder de la región, ya sea por su misión en Haití, como su influencia en el resto del continente. Pero Brasil globalmente ha logrado injerencia al conformar el BRIC, un bloque que comparte con China, Rusia e India y que ya es uno de los principales motores económicos del mundo.

El descubrimiento de enormes yacimientos de petróleo, sumado al desarrollo de una creciente industria de biocombustibles (la segunda del mundo detrás de Estados Unidos) denota que Brasil necesita producir energía para suministrar a su expansiva industria y para exportar a las potencias que carecen de abastecimiento.

Sin embargo, a pesar de que varios sectores empresariales internos se han visto beneficiados durante la era Lula, hubo dos importantes promesas electorales que no pudieron cumplirse en su totalidad, dejando una enorme deuda social.

La primera es la reforma agraria, que afecta a millones de familias campesinas y la segunda es el cuidado del medioambiente, principalmente de la región amazónica.

Un gigante hidroeléctrico

Para atraer inversiones, expandir su industria nacional y vender energía al exterior, a Brasil no le basta con los combustibles fósiles, sino que también necesita producir energía hidroeléctrica, que en principio es una fuente limpia y renovable.

Pese a los obstáculos judiciales, el presidente autorizó la construcción de la gran central hidroeléctrica de Belo Monte, situada en el estado de Pará, en la región amazónica. Su costo está estimado en 10 mil millones de dólares y está prevista su inauguración para 2015.

Además, será la tercera represa más grande del mundo, situada detrás de Tres Gargantas, en China y de la paraguayo-brasileña Itaipú.

Los impedimentos legales, que retrasaron el permiso presidencial para comenzar con las obras, están relacionados con las dos deudas que mantiene este gobierno con sus votantes. Deberán mudarse unas 50 mil personas pertenecientes a comunidades indígenas y campesinas, mientras que algunos ecologistas prevén que unos 500 kilómetros cuadrados de selva se van a ver afectados.

Durante las celebraciones por el medio siglo de Brasilia realizadas la semana pasada, las protestas por pobladores amazónicos y ambientalistas se incrementaron. Además, al repudio se sumó el director de la película Avatar, James Cameron.

Lula afirma que Brasil tiene que estar a la altura del crecimiento que se avecina, ya que las inversiones están creciendo y el país necesita garantizar el aprovisionamiento energético. El presidente brasileño ya anunció que la central hidroeléctrica va a generar unos 18 mil empleos y que para minimizar el impacto ambiental se van a destinar 1.900 millones de dólares.

Asimismo, Lula manifestó la aspiración de que Brasil se convierta en la quinta economía del mundo en la próxima década.

El padecimiento de los Sin Tierra

El MST, Movimiento de productores rurales Sin Tierra, lleva más de tres décadas de lucha por conseguir una reforma agraria que incluya a las familias de agricultores, que se han visto desplazadas por causa del crecimiento de los tradicionales latifundios y de las tierras compradas por los exportadores mundiales de granos.

En la campaña de 2002, Lula prometió realizar el cambio que la Constitución brasileña exige para las tierras improductivas. Según el artículo 184, deberían ser expropiadas con el pago de una indemnización, para distribuirlas entre las familias ruralistas que carecen de tierras.

De acuerdo con la FAO, el organismo de la ONU que se encarga de la alimentación, la agricultura familiar cubre el 85 % de la producción alimentaria de Brasil.

Las manifestaciones del MST y la toma de fincas por la fuerza se incrementaron en los últimos meses. A pesar de que Lula afirma haber otorgado tierras a unas 500 mil familias, los campesinos aseguran que no son más de 21 mil y que la mayoría fueron ubicados en la Amazonia, lejos de las tierras más productivas del sur, reservadas para los grandes hacendados y para los monopolios multinacionales que lideran el mercado de las semillas.

Por su parte, el MST denuncia que existen millones de hectáreas no cultivadas, que pertenecen a grandes grupos privados y que además los pequeños productores sufren violentas persecuciones. En las últimas dos décadas han sido asesinados 1.500 campesinos, entre ellos el líder del MST de Pará.

Con la mira puesta en las elecciones presidenciales de octubre, el gobierno de Lula aspira a reducir el descontento social, al mismo tiempo que crea la infraestructura necesaria para albergar la masiva llegada de inversiones y sostener el crecimiento del país, que se convirtió en una de las principales potencias emergentes.

Esta oportunidad macroeconómica no debe ser desaprovechada por el gobierno brasileño, pero además debe reducir la enorme diferencia entre hacendados y productores familiares, respetando las promesas hechas a los indígenas y campesinos que confiaron en un ex sindicalista como líder de la nación. De la misma manera, Brasil debe protegerse del impacto ecológico negativo, que con el tiempo puede afectar incluso las actividades económicas que están engrandeciendo al país.

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