EE.UU. e Irán “enemigos” con un futuro compartido

Por Maximiliano Sbarbi Osuna (publicado en el diario BAE el 16/06/2009)

La expectativa con la que Occidente siguió las elecciones presidenciales iraníes del viernes pasado es, en este caso, irrelevante, debido a que cualquiera que fuese el ganador, las relaciones de Irán con el mundo van a cambiar. Ya lo había adelantado Barak Obama, horas antes de los comicios, cuando elogió el debate entre los candidatos, deslizando la posibilidad de que Irán se está abriendo a la democracia. Por supuesto que estas amables frases son excusas para legitimar el acercamiento que Washington está manteniendo con Teherán y que planea profundizar luego de este proceso electoral.

iran

El gobierno de Bush comenzó con inevitables acuerdos bilaterales basados en la pacificación de Irak, luego de haber situado a Irán dentro del Eje del Mal y de haber sugerido la posibilidad de un ataque estadounidense al país persa.

Obama pretende allanar el camino a futuros acuerdos, similares a los que mantuvo la administración anterior, pero esta vez estarían centrados en la guerra contra los Talibanes en Afganistán y Pakistán. Para ello, intenta demostrar que en Irán hay un cambio de política y una incipiente ola de democratización.

A pesar de las dudas de fraude que dejaron los comicios por la abrumadora victoria del presidente Ahmadinejad, el plan de Washington no se va a ver alterado, aunque seguramente se va a retrasar hasta que la calma vuelva a Irán.

Tanto la política, como la economía están comandadas desde hace dos décadas por el Ayatolá Alí Jamenei, heredero revolucionario del imán Jomeini, y por el Consejo de Guardianes de la Constitución, un órgano que toma decisiones tales como derogar leyes promulgadas por el Parlamento o vetar candidaturas electorales.

Por eso, la pulseada para establecer quién es el legítimo triunfador de las elecciones no se desarrolla dentro de un ámbito democrático, sino que pertenece a la esfera de enfrentamientos dentro del mismo régimen.

Es muy probable que los conservadores vayan a ostentar el poder durante mucho tiempo más, a pesar de que algunos analistas hayan sugerido que muchos jóvenes estén luchando por el cambio. En primer lugar porque la represión sigue siendo dura, en segundo término Washington anunció que ya no busca la caída del régimen y además hasta los más reformistas temen que los beneficios sociales otorgados por el Estado Islámico se diluyan si llegara a haber un cambio de gobierno.

La economía iraní se contrajo en el último año por la caída del barril de petróleo, del que dependen los ingresos del país. Irán posee las segundas reservas del mundo.

Sin embargo, durante la era Ahmadinejad, Irán logró pararse firme ante el intento de las potencias de influir en su proyecto nuclear, que por ahora no demuestra signos de transformarse en un programa militar.

Por otro lado, en los últimos cuatro años, tanto Rusia, como China fueron los países que apuntalaron al régimen, invirtiendo en el sector energético de hidrocarburos y además en el nuclear. Por eso, las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU no han logrado concretarse totalmente.

El cambio

El éxito demostrado en Irak, a partir de 2007, se manifestó cuando Washington y Teherán pactaron la normalización del país, que entre otros elementos incluía que las milicias chiítas, apoyadas por Irán, cesaran sus ataques contra los invasores, a cambio de que los EE.UU. le abrieran los mercados a varias empresas iraníes para que pudieran invertir cómodamente en el país vecino.

Washington e Irán comparten el mismo objetivo, que consiste en derrotar a los talibanes en Afganistán. Teherán se beneficiaría de la liberación de Afganistán por varios motivos: la retirada estadounidense de sus países vecinos y además volver a influir sobre la etnia chiíta hazara, que conforma un quinto de la población afgana.

Por otro lado, por la porosa frontera con Afganistán transitan enormes cantidades de heroína hacia Irán, lo que elevó a cifras alarmantes el consumo de esta droga por parte de los ciudadanos persas.

Por eso, Irán va a cooperar con los EE.UU. al permitir el tránsito de insumos militares, la vigilancia militar de las fronteras y la apertura del espacio aéreo.

Recíprocamente, Washington no va a desalentar el programa nuclear civil iraní, que va a estar supervisado por la Agencia Internacional de Energía Atómica, o por el Consejo de Seguridad de la ONU, o en última instancia por China.

La única excepción es que la presión israelí se torne demasiado dura con Obama. Algunas voces ortodoxas del gobierno de Israel se pronunciaron a favor de la victoria de Ahmadinejad, debido a que si hubiese ganado un candidato moderado, el gobierno derechista israelí se habría visto en la obligación de dialogar. En cambio, con la dureza de Ahmadinejad, la confrontación es el mejor escenario para no otorgar concesiones.

El cambio y la apertura hacia Occidente es el panorama más aconsejable para Irán. El viraje del proyecto nuclear hacia un programa bélico le va a cerrar las puertas del comercio internacional y de innumerables ventajas que puede obtener con Europa en el trazado de nuevas redes de gas y petróleo.

El discurso antioccidental y la negación del holocausto judío aislaron a Teherán en lugar de fomentar su integración. Por eso, Irán debe aprovechar el cambio de imagen que busca la Casa Blanca en las relaciones entre ambos países si pretende retomar su histórica influencia regional.

El gobierno de Bush comenzó con inevitables acuerdos bilaterales basados en la pacificación de Irak, luego de haber situado a Irán dentro del Eje del Mal y de haber sugerido la posibilidad de un ataque estadounidense al país persa.

Obama pretende allanar el camino a futuros acuerdos, similares a los que mantuvo la administración anterior, pero esta vez estarían centrados en la guerra contra los Talibanes en Afganistán y Pakistán. Para ello, intenta demostrar que en Irán hay un cambio de política y una incipiente ola de democratización.

A pesar de las dudas de fraude que dejaron los comicios por la abrumadora victoria del presidente Ahmadinejad, el plan de Washington no se va a ver alterado, aunque seguramente se va a retrasar hasta que la calma vuelva a Irán.

Tanto la política, como la economía están comandadas desde hace dos décadas por el Ayatolá Alí Jamenei, heredero revolucionario del imán Jomeini, y por el Consejo de Guardianes de la Constitución, un órgano que toma decisiones tales como derogar leyes promulgadas por el Parlamento o vetar candidaturas electorales.

Por eso, la pulseada para establecer quién es el legítimo triunfador de las elecciones no se desarrolla dentro de un ámbito democrático, sino que pertenece a la esfera de enfrentamientos dentro del mismo régimen.

Es muy probable que los conservadores vayan a ostentar el poder durante mucho tiempo más, a pesar de que algunos analistas hayan sugerido que muchos jóvenes estén luchando por el cambio. En primer lugar porque la represión sigue siendo dura, en segundo término Washington anunció que ya no busca la caída del régimen y además hasta los más reformistas temen que los beneficios sociales otorgados por el Estado Islámico se diluyan si llegara a haber un cambio de gobierno.

La economía iraní se contrajo en el último año por la caída del barril de petróleo, del que dependen los ingresos del país. Irán posee las segundas reservas del mundo.

Sin embargo, durante la era Ahmadinejad, Irán logró pararse firme ante el intento de las potencias de influir en su proyecto nuclear, que por ahora no demuestra signos de transformarse en un programa militar.

Por otro lado, en los últimos cuatro años, tanto Rusia, como China fueron los países que apuntalaron al régimen, invirtiendo en el sector energético de hidrocarburos y además en el nuclear. Por eso, las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU no han logrado concretarse totalmente.

El cambio

El éxito demostrado en Irak, a partir de 2007, se manifestó cuando Washington y Teherán pactaron la normalización del país, que entre otros elementos incluía que las milicias chiítas, apoyadas por Irán, cesaran sus ataques contra los invasores, a cambio de que los EE.UU. le abrieran los mercados a varias empresas iraníes para que pudieran invertir cómodamente en el país vecino.

Washington e Irán comparten el mismo objetivo, que consiste en derrotar a los talibanes en Afganistán. Teherán se beneficiaría de la liberación de Afganistán por varios motivos: la retirada estadounidense de sus países vecinos y además volver a influir sobre la etnia chiíta hazara, que conforma un quinto de la población afgana.

Por otro lado, por la porosa frontera con Afganistán transitan enormes cantidades de heroína hacia Irán, lo que elevó a cifras alarmantes el consumo de esta droga por parte de los ciudadanos persas.

Por eso, Irán va a cooperar con los EE.UU. al permitir el tránsito de insumos militares, la vigilancia militar de las fronteras y la apertura del espacio aéreo.

Recíprocamente, Washington no va a desalentar el programa nuclear civil iraní, que va a estar supervisado por la Agencia Internacional de Energía Atómica, o por el Consejo de Seguridad de la ONU, o en última instancia por China.

La única excepción es que la presión israelí se torne demasiado dura con Obama. Algunas voces ortodoxas del gobierno de Israel se pronunciaron a favor de la victoria de Ahmadinejad, debido a que si hubiese ganado un candidato moderado, el gobierno derechista israelí se habría visto en la obligación de dialogar. En cambio, con la dureza de Ahmadinejad, la confrontación es el mejor escenario para no otorgar concesiones.

El cambio y la apertura hacia Occidente es el panorama más aconsejable para Irán. El viraje del proyecto nuclear hacia un programa bélico le va a cerrar las puertas del comercio internacional y de innumerables ventajas que puede obtener con Europa en el trazado de nuevas redes de gas y petróleo.

El discurso antioccidental y la negación del holocausto judío aislaron a Teherán en lugar de fomentar su integración. Por eso, Irán debe aprovechar el cambio de imagen que busca la Casa Blanca en las relaciones entre ambos países si pretende retomar su histórica influencia regional.

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