Irak: Contexto regional en el quinto aniversario

Por Maximiliano Sbarbi Osuna (publicado en el diario BAE el 19/03/2008)

El quinto aniversario de la ocupación a Irak deja un balance de certezas e incertidumbres. Entre las primeras se encuentra la consabida inexistencia de las armas de destrucción masiva, las macabras cifras de muertos – más de cien mil iraquíes y casi 4 mil estadounidenses – y las evidencias de que la invasión ya había sido planeada mucho antes de los ataques del 11 de Septiembre de 2001 a Nueva York y Washington.

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La tergiversación de la realidad llegó a tal punto que el gobierno británico de Tony Blair vinculó a Sadam Husein con Al Qaeda y alertó que Irak podría lanzar un ataque con armas químicas sobre Londres en sólo 45 minutos. Las cifras de la guerra, que Washington había fijado en 50 mil millones de dólares, ahora se calculan en 3 billones de dólares.

Las concesiones a las empresas privadas que iban a reconstruir el país fueron otorgadas mucho antes de la guerra y los nexos de aquéllas con altas cúpulas del gobierno norteamericano fueron un escándalo, como también lo fueron las sistemáticas torturas aplicadas contra los prisioneros iraquíes, cuyo máximo símbolo fue la cárcel de Abu Ghraib.

Dentro de las incertidumbres se encuentra la lejana pacificación de la guerra civil entre sunitas y chiítas, el calendario de retirada de las tropas estadounidenses, el papel influyente de Irán y cómo afecta la guerra a la campaña electoral norteamericana.

El nuevo panorama que la administración Bush quiere mostrar, es un escenario de distensión y de cooperación entre los diversos sectores antagónicos irakíes, con el objetivo de continuar obteniendo el sustento económico del Congreso para la guerra y para apoyar al candidato republicano John McCain en la campaña electoral.

Es cierto que ha habido un marcado descenso de muertes y atentados desde septiembre de 2007, pero no se debe al incremento de los 30 mil soldados autorizado por el presidente, sino a la alianza con Irán y a la formación de milicias sunitas apoyadas por Washington.

Desde la invasión hasta 2006, la otrora hegemónica minoría sunita había perdido todos los privilegios frente a los chiítas y kurdos, que controlan el Gobierno, el Parlamento y el Ejército. A su vez, la llegada de los combatientes de Al Qaeda, ponía en una difícil situación a los sunitas moderados que no pretenden seguir los objetivos de la organización de Bin Laden, que consisten en crear un estado islámico totalitario en Irak.

Por eso, EE.UU. estimuló la formación de Al Sahwa, una milicia de 80 mil hombres que combate contra Al Qaeda junto al ejército norteamericano. De esta manera, los sunitas se ven militarmente fortalecidos frente a los combatientes chiítas, lo que produce un mayor equilibrio entre las comunidades y un cierto declive en la violencia.

Por otro lado, EE.UU. es consciente de que la guerra no se puede ganar sin la ayuda de Irán, ya que la enorme influencia religiosa y cultural que ejerce Teherán sobre la mayoría chiíta es decisiva a la hora de concretar cualquier plan.

La materialización del acuerdo entre EE.UU. e Irán lo constituye la visita del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad a Irak a comienzos de este mes. Esta es la primera visita oficial de un jefe de estado extranjero al país, sin contar lo viajes de Bush y Blair. Así, Irán legitima la invasión norteamericana, a cambio de cuantiosos acuerdos económicos con el gobierno colaboracionista irakí de Nuri Al Maliki.

A pesar de la retórica belicista del gobierno de Bush contra Irán, el pacto entre estos dos países se está llevando a cabo en el campo militar. Teherán redujo el contrabando de armas hacia Irak y las facciones armadas chiítas que dependen de Irán, como la que encabeza el clérigo Muqtada Al Sadr, han anunciado una tregua. A cambio, la CIA concluyó a fines del año pasado que el programa nuclear iraní con fines bélicos se interrumpió en 2003.

La campaña electoral norteamericana se ve afectada por la reducción de los atentados en Irak, que claramente beneficia a los republicanos. La ambigüedad de Hillary Clinton le juega en contra, ya que ella prometió el retiro de las tropas, aunque en su momento votó a favor de la guerra. Barak Obama mantiene su postura anti ocupación, pero varias encuestas publicadas por CNN y Los Angeles Times revelan que la mayoría de los ciudadanos norteamericanos han cambiado de postura y creen que la guerra va “bien” o “muy bien”, lo que puede reforzar la imagen de McCain.

Los republicanos, con grandes vínculos con la industria del petróleo apuestan a que la ocupación no tenga fin y que el Estado norteamericano continúe cargando con los gastos para beneficiar a las empresas privadas, que se mantienen a la espera de la nueva Ley de Hidrocarburos que está por sancionar el Parlamento iraquí, para rediseñar el mapa petrolero.

A cinco años de la guerra, las palabras del entonces subsecretario de Defensa norteamericano Paul Wolfowitz cobran sentido: “La diferencia entre atacar Corea del Norte o Irak es que en Irak no tenemos alternativa, el país nada en un mar de petróleo”.

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