Los desafíos del nuevo presidente ruso

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

Medvedev debe consolidar los logros de Putin y encarar nuevos desafíos, que pueden poner en jaque la supremacía que ha logrado Rusia. No es casual que el nuevo presidente haya sido el titular del gigante estatal Gazprom, la empresa productora y exportadora de gas más grande del mundo, que en 10 años aumentó casi 40 veces sus ganancias netas.

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Presidente electo Dimitri Medvedev y presidente en funciones Vladimir Putin

No es extraño que el candidato de Vladimir Putin, Dimitri Medvedev, haya triunfado en las elecciones presidenciales del domingo pasado, a pesar de que haya contado con el apoyo del aparato estatal y de las denuncias de fraude que pesan en su contra, ya que el presidente saliente deja a Rusia en mejores condiciones internas y externas que cuando asumió el poder en 2000.

El aumento del nivel de vida de la población, el crecimiento del PBI al 8,1 % anual, el aumento de divisas por los altos precios del gas y del petróleo situó a Rusia en el tercer lugar del mundo, con 478.600 millones de dólares de reservas. Además, el golpe mortal proporcionado a cualquier precio a la guerrilla independentista cehechena afianzó el poder de Moscú en las regiones separatistas del Cáucaso ruso.

En política exterior, Rusia tuvo que afrontar la pérdida de países aliados, por los cambios de gobierno – en Georgia y Ucrania – promovidos por Occidente, la utilización de antiguas bases soviéticas en Asia Central por parte de Washington durante la Guerra de Afganistán, la expansión de la OTAN y la UE sobre territorios que dependían de Moscú hasta hace poco más de una década, y la intromisión de compañías petroleras europeas y norteamericanas con intenciones de competir con su monopolio energético.

Sin embargo, Rusia se levantó, la vuelta al patrullaje de los mares internacionales, su alianza con China y el incremento de la política de coacción energética contra Europa y los estados ex soviéticos intermediarios lograron que Moscú volviera a recuperar el peso regional que tuviera en épocas pasadas.

Pero, Medvedev debe consolidar los logros de Putin y encarar nuevos desafíos, que pueden poner en jaque la supremacía que ha logrado Rusia. No es casual que el nuevo presidente haya sido el titular del gigante estatal Gazprom, la empresa productora y exportadora de gas más grande del mundo, que en 10 años aumentó casi 40 veces sus ganancias netas.

Precisamente, Gazprom es la pieza fundamental que dispone Medvedev para influir directamente en Europa, ya que la UE importa de Moscú la cuarta parte del gas que consumen sus industrias. Para evitar el caprichoso aumento de los precios de los hidrocarburos y los problemas que tienen los países intermediarios con Moscú, que han llegado a cortar el suministro a Europa en el invierno de 2006, la UE está desarrollando el gasoducto Nabucco, por medio del cuál se va a transportar el gas de países aliados del Mar Caspio evitando transitar el territorio ruso.

Como contrapeso a este proyecto, Medvedev va a continuar con dos enormes obras: el Gasoducto South Stream y el Gasoducto del Báltico que van a evitar que Rusia pierda el manejo del monopolio del gas en Eurasia. Ya apoyaron la instalación del proyecto ruso, Alemania, Turquía, Hungría y Serbia.

Otro reto de Medvedev es lograr un avance en las negociaciones con respecto a la creación de una OPEP del gas, es decir, organizar una política común en los países que exportan gas para aprovechar al máximo sus beneficios; este es un tema que preocupa mucho a las otras potencias, ya que EE.UU. la UE y Japón deben importar la mayor parte del gas que consumen. El ingreso a la Organización Mundial del Comercio es otro punto pendiente que Rusia tendría que definir en este gobierno.

Medvedev debe incrementar las fructíferas relaciones que mantiene con sus vecinos, con excepción de Georgia y Ucrania, con quien esta semana mantiene una disputa por deudas impagas, que podrían afectar nuevamente el abastecimiento de gas a la UE. La competencia con Washington por la cuantiosa venta de armas a India, los proyectos energéticos conjuntos con Turquía, Kazajstán y China y las inversiones en el programa nuclear iraní han comenzado en la era Putin, pero es el nuevo gobierno quien debe continuar y acrecentar estos planes.

Las relaciones con Irán van a continuar siendo ambiguas; por un lado Moscú financia la tecnología nuclear con fines civiles y defiende sus plantas productoras con misiles S-300 de fabricación rusa y por el otro aprueba algunas de las resoluciones contrarias a Teherán en el Consejo de Seguridad de la ONU. Este doble juego está relacionado con las concesiones que Rusia debe hacerle a Occidente para que no condene a Moscú por la falta de democracia, autoritarismo, censura y las irregularidades en el último proceso electoral.

La independencia de Kosovo y las negociaciones con Washington por la instalación de un escudo antimisiles en Polonia y la República Checa quizás también estén dentro de los puntos débiles en los que Medvedev deba ceder.

A nivel económico, es probable que el nuevo gobierno continúe con la fórmula de Putin, una economía libre pero con un fuerte control estatal. Por otro lado, Medvedev debe enfrentar a la creciente inflación, que en 2007 trepó al 12 % y que este año amenaza con ser una de las piedras en el camino del heredero de Vladimir Putin, que va a continuar siendo el hombre fuerte de Rusia.

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