Kenia: Claves para entender el caos

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

Es habitual atribuir la causa de los conflictos sociales africanos a ancestrales luchas tribales, dejando de lado otros factores determinantes. El origen de la incontrolable violencia que está sufriendo Kenia luego de las elecciones del 27 de diciembre, en la que los dos candidatos favoritos se proclamaron vencedores, no es sólo étnico, sino que está directamente relacionado con las secuelas dejadas por el colonialismo inglés y las elites políticas asociadas a Londres, luego de la independencia en 1963.

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Bandera de Kenia

La aparición del colonialismo a fines del siglo XIX acentuó las divisiones étnicas que existían entre las comunidades agricultoras y las que se dedicaban al pastoreo. Entre las primeras se encuentran las más numerosas constituidas por los kikuyu y los luo.

Con el objetivo de fomentar el cultivo de café, caña de azúcar y té, el colonialismo forzó el desplazamiento de los agricultores hacia zonas donde habitaban grupos de pastores, lo que produjo no sólo enfrentamientos entre las comunidades nómades y sedentarias, sino también entre las que son sedentarias entre sí, como los kikuyu y los luo.

El presidente Nwai Kibaki pertenece a la etnia kikuyu , mientras que el principal opositor, Raila Odinga, es luo.

En plena Segunda Guerra Mundial los kikuyu se organizaron en guerrillas llamadas Mau Mau para combatir al gobierno británico, que estaba debilitado por la contienda europea. Estas luchas presionaron a Londres, que aceptó la independencia de Kenia recién en 1963, con Jomo Kenyatta, uno de los líderes anticolonialistas, como presidente.

Sin embargo, la descolonización de los territorios de Inglaterra tuvo una característica común, que la diferenciaba de otras potencias, por la cuál la independencia no garantizaba la libertad de la ex colonia. Antes de la retirada, Gran Bretaña formó una clase política selecta que la representaría en la etapa independiente.

El presidente Kenyatta fue acusado no sólo de beneficiar a las multinacionales inglesas, ya que permitió que los campesinos que le habían comprado la tierra a los colonizadores las volvieran a perder agobiados por las deudas, sino también de gobernar para su etnia, los kikuyu.

Pero, en Kenia es imposible gobernar con el apoyo de una sola comunidad, por eso para lograr mantenerse en el poder, los tres presidentes de la historia de Kenia han tenido que formar alianzas con otros grupos, creando elites en las cúpulas de cada etnia, pero dejando de lado a millones de habitantes, ya que la distribución de la riqueza es muy desigual.

El estallido de violencia que surgió después de las elecciones disparó la rivalidad entre los kikuyu y los luo, pero también fue fomentado en provecho propio, por los dos rivales electorales que pretenden aferrarse al poder, a pesar de los 600 muertos que dejaron los enfrentamientos y los 250 mil desplazados.

La economía de Kenia depende de las multinacionales protegidas por el poder político y del turismo. El papel regional es muy importante, ya que es proveedor de energía de sus vecinos y además a través del puerto de Mombasa ingresan mercancías para Ruanda, Burundi, Uganda y el Congo.

Luego de las elecciones, los días de furia parecieron anunciados. El 29 de diciembre un dirigente del partido opositor, le adjudicó la victoria a Odinga y tras la lentitud del conteo de votos y de las numerosas acusaciones de fraude se produjeron revueltas en la capital y en el oeste del país, donde habitan mayoritariamente los luo.

El domingo 30 la Comisión Electoral anunció el triunfo del presidente Kibaki por una diferencia de 200 mil sufragios. Inmediatamente, Odinga acusó al oficialismo de fraguar unos 300 mil votos. A pesar del desacuerdo, el presidente prestó juramento para un segundo mandato.

Enero comenzó con el horror del descubrimiento de 74 cadáveres, luego de un fin de año violento, en la tercera ciudad, Kisumu. El mismo día, 30 personas de la etnia kikuyu fueron quemadas vivas dentro de una iglesia.

El 2 de enero Odinga afirmó que no va a aceptar una negociación con el presidente, si éste no reconoce su derrota. Al día siguiente, la policía impidió una marcha pacífica convocada por la oposición.

El 4 de enero, Estados Unidos envió a la subsecretaria de Estado, Jendayi Frazer para instar a las partes a pactar. El día 5, Kibaki propuso a Odinga formar un gobierno de unidad nacional, pero éste exigió la renuncia del presidente antes de comenzar a negociar.

Ayer, luego de varios rechazos, Kibaki y Odinga aceptaron la mediación del presidente de Ghana, John Kufour.

Mientras avanzan las negociaciones, es difícil vislumbrar un gobierno de coalición, ya que la oposición estaría reconociendo la victoria de Kibaki. Tampoco es probable que el presidente autorice la celebración de nuevas elecciones, porque estaría aceptando las acusaciones de fraude.

Es posible que los rivales alcancen un acuerdo por el cuál se mantenga a Kibaki como presidente y se establezca el cargo de Primer Ministro, hasta ahora inexistente, que sería ocupado por Odinga, pero para ello habría que reformar la Constitución.

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