Líbano: Tensa calma a la espera del nuevo presidente

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

Por sexta vez el Parlamento libanés pospuso la elección del nuevo presidente, cuyo plazo expiró el 23 de noviembre. No es casual que el vacío de poder sea una característica habitual de la política de este país, cuya independencia de Francia alcanzada en 1943 lo ha convertido en escenario de disputas regionales entre los Estados Unidos, Israel, Siria e Irán.

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La designación del sucesor del mandatario pro sirio Emile Lahoud se postergó hasta el próximo viernes, debido a que los legisladores no se han puesto de acuerdo sobre quién debería recaer la nominación, que de acuerdo con la Constitución le corresponde a un cristiano maronita.

El temor de la comunidad internacional se basa en que la fragilidad de las instituciones libanesas no puedan impedir que la acefalía desate una nueva guerra civil, a pesar de que en el país todavía se encuentre estacionada una fuerza multinacional de 13.600 soldados enviada por la ONU para poner fin a los enfrentamientos entre el ejército israelí y la guerrilla chiíta Hezbolá.

Mientras tanto, se produjo un frágil consenso entre las facciones enfrentadas en el Parlamento, al designar al jefe del ejército, Michel Suleiman presidente provisional y neutral hasta que las negociaciones se vuelvan a restablecer.

Sin embargo, para que este nombramiento se concrete se debe enmendar la Constitución, ya que a falta de Tribunal Supremo que designe un sucesor, aquélla prevé que la presidencia debe ser ejercida por el Primer Ministro, que en este momento es Fouad Siniora, un enemigo de Siria y muy cercano a Occidente. Además, la Constitución prohíbe que un funcionario público en funciones sea designado presidente.

Luego de los bombardeos israelíes de mediados de 2006 y el fortalecimiento de la guerrilla chiíta Hezbolá, Siniora gobierna aislado desde hace un año, tras la renuncia de seis ministros de su gabinete. Estas dimisiones, fomentadas por Damasco – la capital de Siria – buscaron debilitarlo, ya que en febrero de 2005, los sectores pro occidentales se vieron fortalecidos cuando una multitud movilizada proclamó la llamada “Revolución de los Cedros”, cuyo objetivo era reducir la influencia siria en Líbano.

Estas manifestaciones provocaron que Damasco retirara su fuerza militar, que permanecía desde los comienzos de la guerra civil libanesa en 1976, lo que constituyó un avance de Occidente contra Siria e Irán.

El segundo intento de avance occidental se produjo el año pasado cuando Israel bombardeó Líbano, luego de que Hezbolá secuestrara soldados israelíes en la frontera sur libanesa. Pero, más allá de que murieran alrededor de mil libaneses, en su gran mayoría civiles, Israel no logró que la milicia chiíta se replegara, ya que esta guerrilla contó con un gran apoyo nacional al ser la única fuerza visible capaz de enfrentar a Tel Aviv.

La retirada israelí fortaleció a Hezbolá. En los últimos años, el crecimiento demográfico de la comunidad chiíta, hace temer a los otros grupos, que aquéllos intenten alcanzar una mayor representación parlamentaria. Actualmente, el 37 por ciento de la población es cristiana (sumados católicos, maronitas, griegos y ortodoxos), el 34 por ciento son musulmanes chiítas y el 21 musulmanes sunitas.

Una de las razones por las cuáles los Estados Unidos, Israel y los países árabes pro occidentales anhelan que la designación presidencial se decida cuanto antes es que el avance social y militar chiíta en el Líbano hace crecer la influencia directa de Irán en la región.

Sin embargo, no es la primera vez que ocurre un vacío de poder en Líbano. Finalizando la guerra civil, en 1988, el presidente Amin Gemayel nombró como sustituto de facto al jefe del ejército Michel Aun, una de las actuales figuras fuertes de la oposición, después de que los legisladores no se habían puesto de acuerdo sobre la identidad del sucesor, iniciando una nueva crisis institucional.

Desde 2005, un nuevo elemento se sumó al convulsionado escenario libanés. Los asesinatos de políticos anti sirios se hicieron frecuentes y el cruce de acusaciones sobre los autores recalentó la atmósfera interna, que sólo se calmó para unirse en el rechazo al bombardeo israelí.

Mientras las negociaciones se tensan a la espera del nombramiento del nuevo presidente, los sectores libaneses cercanos a Siria e Irán deberán establecer una conciliación con los que representan a los intereses occidentales para evitar que se repita el horror de las últimas décadas: un nuevo enfrentamiento civil y una invasión de tropas sirias e israelíes.

Al no existir un grupo mayoritario, el inevitable destino de Líbano es que las distintas facciones gobiernen en conjunto mediante una coalición. No está claro si esta forma de representación es beneficiosa, ya que no se han podido evitar las guerras fraticidas ni las injerencias externas, pero lo que si es seguro es que no se vislumbra otra alternativa en esta sociedad, que por la compleja interrelación de las comunidades que la conforman, tampoco puede adoptar la fragmentación como una solución viable.

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