Birmania (Myanmar): El problema es más profundo de lo que parece

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

El padecimiento del pueblo birmano no se limita a décadas de dictadura y dominación extranjera, como han informado los medios en estos dos meses de represión contra la sociedad civil, con los monjes budistas a la cabeza de la protesta cívica, sino que es mucho más profundo, ya que la concepción de la sociedad birmana post colonial contiene en sí misma los elementos que la dominan, la explotan y le impiden desarrollarse.

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Protesta de monjes budistas contra la dictadura militar

Es decir, que las dificultades de esta comunidad se encuentran enraizadas en el seno mismo de la sociedad: una historia independentista contradictoria, odio hacia etnias más prósperas que se han beneficiado económicamente mucho más que los birmanos autóctonos y una dictadura militar que no ha podido salir ordenadamente del sistema socialista, excluyendo a una enorme porción de la sociedad.

Además, estos impedimentos para el crecimiento de la sociedad, se combinan con factores externos: explotación y saqueo de recursos naturales por parte de sus vecinos China, India y Tailandia y la injerencia de compañías multinacionales avaladas por Estados Unidos y Francia, países que además ejercen una hipócrita condena a los líderes militares birmanos.

Historia contradictoria

La lucha por la independencia comenzó, como en todo el sudeste asiático, con la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, pero el caso de Birmania la historia es muy particular.

Un líder comunista llamado Aung San formó con apoyo japonés el Ejército Independentista Birmano, en contra del colonialismo inglés. En 1943 esta coalición hizo su entrada en la capital Rangún, expulsando a los ingleses y declarando la independencia del país

Sin embargo, pronto estallaron las contradicciones entre el ejército imperial japonés y el ala socialista del ejército birmano, el cuál se pasó al bando contrario. Por eso, dos años después Aung San volvió a tomar Rangún, pero esta vez del lado de Gran Bretaña, luego de haber expulsado a Japón. [1]
Odio a extranjeros chinos e indios

La población de etnia china, ya sean nacidos en China o descendientes de chinos, son una minoría (constituyen alrededor del 5 %), pero poseen una enorme porción de las riquezas que genera Birmania anualmente. Ese es uno de los motivos, por el cuál la población birmana autóctona odia a los chinos.

En su libro “El mundo en llamas”, la politóloga china Amy Chua describe muy bien las fricciones entre chinos y birmanos nativos. Comenta que cientos de chinos pobres inmigrantes han comprado por trescientos dólares documentos de birmanos fallecidos, convirtiéndose en ciudadanos birmanos instantáneamente. [2]

Tanto en la ciudad de Mandalay, como en la ex capital Rangún, los chinos son dueños de lujosos hoteles restaurantes e inmuebles en las zonas residenciales y dominan la actividad comercial en todos los estratos.

De acuerdo con Amy Chua, a nivel rural, alrededor de un millón de campesinos chinos han llegado a ocupar tierras deshabitadas para cultivar arroz en las zonas montañosas.

Los comerciantes chinos no dominan solamente el negocio legal, sino que en el mercado negro también llevan la delantera.

Por otro lado, empresas chinas incentivan la mejora en las rutas de acceso de Birmania hacia China para poder transportar la madera de teca, que es muy preciada por su abundancia en Birmania y su escasez en el resto del mundo. El 70 % de la teca del mundo se encuentra en Birmania.

Ya desde el período colonial, los chinos eran desproporcionadamente ricos en comparación con los birmanos autóctonos, pero en esa época el odio mayor estaba dirigido hacia los indios, que se beneficiaban mucho más del comercio birmano hasta el inicio de la etapa socialista en 1962. En 1989, con el cambio de política, los chinos volvieron a resurgir como clase dominante.

La frustración de la mayoría birmana por no poder llegar a alcanzar la prosperidad, y por estar sumergidos en una inmensa pobreza, observando que la población china es cada vez más rica, provoca sentimientos de odio que impiden integrar a la nación.
Salida desordenada del socialismo

Desde 1989, la dictadura militar abandonó el sistema socialista y adoptó lo peor del libre mercado. Ha recortado mucho del gasto en salud y educación.

De acuerdo con Amy Chua, el 40 % de los niños de Birmania no se ha matriculado nunca y el 75 % abandona los estudios antes del quinto curso. Debido a esta transición, tres cuartas partes viven en situación de extrema pobreza.

Beneficios de China

La precaria situación de los Derechos Humanos en Birmania ha provocado condenas de Occidente y ha volcado al régimen militar al comercio con China, que se beneficia del gas, del contrabando de piedras preciosas y de la madera de teca.

Mucho se ha escrito sobre la dominación que ejercen China e India sobre Birmania, pero lo más interesante es descubrir que Occidente bloquea al país por un lado, pero no impide que el gobierno dictatorial siga sosteniéndose mediante su principal fuente de ingreso, que es el gas.

Estados Unidos y Francia cómplices del régimen

La petrolera norteamericana Unocal ha sido acusada de utilizar mano de obra esclava para la construcción del gasoducto Yadana, que transporta el hidrocarburo desde la plataforma marítima birmana hacia Tailandia.

La empresa multinacional Chevron compró los derechos de explotación y transporte de este gasoducto, cuyos beneficios son los que mantienen vivo al régimen militar, por eso las sanciones de Occidente no han funcionado. [3] Un dato interesante es que la actual Secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice integró la junta directiva de Chevron durante una década, coincidiendo con la implicación de Chevron en el asesinato de manifestantes no violentos en el delta del Níger. [4]

Sin embargo, Francia tiene su alta cuota de responsabilidad al respaldar a la petrolera Total, que aporta un 7 % de los ingresos del gobierno militar. [5]

Por eso, Washington y Bruselas podrán seguir condenando al régimen y solidarizándose con los valientes monjes que dirigieron las protestas, pero mientras no sancionen a las compañías que negocian con la dictadura y que son parte del saqueo de recursos y de la opresión, nada va a cambiar en la desdichada vida de los birmanos.

[1] Guía del Mundo (Uruguay)
[2] Amy Chua. “El mundo en llamas. Los males de la globalización”. Sine Qua Non. Buenos Aires. 2003.
[3] Editorial del Diario El País (España). 29/9/2007
[4] Amy Goodman en Democracynow. “El gasoducto de Chevron mantiene vivo al régimen de Birmania”. Transcripto por Rebelion.org
[5] Andrés Pérez. “Las multinacionales colaboran con la dictadura en Birmania”. Solidaridad.net


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