Irán – Corea del Norte – EE.UU: Buenas noticias a pesar del escaso progreso

Por Roberto Palmitesta D.

La semana geopolítica estuvo marcada por dos hechos significativos. El primero es que Corea del Norte y EE.UU empezaron a normalizar sus relaciones en Nueva York, después de más de medio siglo de fricciones desde el armisticio de la guerra de Corea, período en el cual tanto Washington como Pyongyang mantuvieron –inexplicablemente– miles de tropas en la frontera entre las dos Coreas.

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Conferencia de Bagdad en donde se reunieron representantes

Ahora quizás la empobrecida nación salga finalmente de la lista negra (o “eje del mal”, como la bautizó Bush), aunque todavía deben superarse escollos para el desarme nuclear, tras algunos incidentes de Pyongyang con Seúl y Tokio, por viejas rencillas. De llegarse a la normalización, el mundo habrá salido finalmente de una prolongada crisis, que enturbió el panorama del oriente asiático durante décadas. Lo que asombra a estas alturas que no se haya podido resolver más tempranamente, dada la intransigencia de todas las partes involucradas y especialmente de la xenófoba y paranoica dictadura norcoreana, último reducto del comunismo estalinista.

Luego, el mundo vio con alivio como el sábado hubo un encuentro internacional en Bagdad donde estuvieron sentados frente a frente los embajadores de EE.UU., Irán y Siria, junto con los de otros paises. Aunque el objetivo de la reunión era reducir la patética y absurda violencia sectaria en Irak, no parece haber mucho compromiso formal de los países vecinos en tranquilizar la región.

Por una parte, los países del Golfo – e incluso Irán– se benefician por los altos precios del petróleo, en gran parte debidos a las tensiones en la región. Luego, algunos países como Irán y Siria están dominados por grupos radicales que buscan la salida de EE.UU. y alardear de ese “logro” para fines geopolíticos.

Para mejorar las relaciones, EE.UU. debería ser más flexible, pero Irán debería detener el sospechoso enriquecimiento excesivo de uranio y dejar de apoyar subrepticiamente a las milicias chiítas, en su empeño de desestabilizar al país para pescar en río revuelto, no sólo para fastidiar a su archienemigo americano sino para avanzar sus evidentes planes hegemónicos.

Aunque, se reportaron un cruce de opiniones constructivas en esa conferencia, es absurdo que en los 28 años trascurridos desde la revolución islámica iraní, las dos naciones no se hayan podido poner de acuerdo para tener al menos una relación práctica, que interesa tanto a Irán como a Occidente por el vital asunto del petróleo. Por esto, el mismo hecho de que EE.UU. e Irán hayan accedido a estar en un mismo salón, es un indicio de que ambos países empiezan a reconocer que la arrogancia y la intransigencia no llevan a ninguna parte.

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