Medio Oriente: Dos oportunidades para lograr una paz duradera

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

Entre los eventos más preocupantes de las últimas semanas están la posible emergencia de Irán como una potencia nuclear y el triunfo electoral del grupo radical Hamas en las elecciones palestinas. Ambos casos han agravado la ya delicada situación en el Oriente Medio, alejando las posibilidades de una paz duradera en la región y llevando nuevamente a la palestra la posibilidad de una guerra nuclear limitada. Sin embargo, con dos iniciativas audaces ambos casos podrían convertirse en oportunidades para solucionar el conflicto palestino y al mismo tiempo sentar las bases para un mundo sin la pesadilla de las armas nucleares.

2006_03_31_medio

Medio Oriente

Irán como potencial país nuclear

Vista objetivamente, sin apasionamiento, puede lucir lógica la posición iraní de insistir en su derecho de enriquecer uranio, una operación dirigida obviamente para fines militares, ya que los reactores civiles no requieren uranio enriquecido. Aún si lo hacen sólo para fines científicos, la experiencia pudiera servir luego para enriquecer uranio en cantidades industriales y usarlo para bombas atómicas. Pero desde el punto de vista iraní, no luce justo que las actuales potencias nucleares le exijan abandonar su modesto programa mientras ellas conservan sus arsenales atómicos y termonucleares. La exigencia equivale a decir “nosotros somos las únicas naciones que podemos tenerlas, porque somos poderosas y responsables”. Sin embargo, los eventos del siglo XX, con dos desastrosas guerras mundiales, el desarrollo de bombas cada vez más destructivas y décadas de pruebas nucleares en la atmósfera, desdicen bastante esa presunción. Además nadie asegura que esos arsenales estén seguros, a prueba de robos de bombas para el chantaje o terrorismo y hay informes de muchas “bombas realengas” sin destino preciso durante la desintegración de la URSS.

Desde el fin de la guerra fría, período en que se mantenía una frágil paz bajo el manto del llamado “terror nuclear”, la gente de buena voluntad del mundo esperaba que -finalmente- había llegado el momento de un desarme nuclear completo. Pero la emergencia de Israel, India, Pakistán y Corea del Norte como potencias nucleares y el velado antagonismo entre China y EE.UU. alejaron esa posibilidad, asomada desde los acuerdos de limitación SALT en los años 70, que han reducido sólo moderadamente los arsenales. Y aunque parezca absurdo y casi surrealista, a tres lustros del final de la guerra fría todavía existen unas 20 mil bombas nucleares -entre atómicas y de hidrógeno- enteramente funcionales en las 9 potencias actuales, de modo que los temores de una guerra nuclear no pueden desecharse mientras existan dichos arsenales, a pesar de que dichas bombas -de ser explotadas- no traerían la victoria para ningún bando, por la radioactividad que dejan en el ambiente y la facilidad con que se difunde en todo el planeta.

Vista las dificultades para que Irán y Corea del Norte abandonen sus programas, porque ambas insisten en su “derecho”, el único argumento persuasivo y válido que tendrían las demás potencias sería si todas se desarmaran totalmente y con vigilancia internacional, de modo que no haya peligro de que haya un ataque nuclear. La propuesta de desarme total sería más fácilmente aceptada por algún aspirante a potencia, ya que sería una prueba de buena voluntad y no simplemente un intento de no tener más competencia, como lucen ahora las presiones sobre Irán, aunque éstas sean justificadas por la actitud belicosa de sus líderes en meses recientes. Sería la posición más sensata de las actuales naciones nucleares ya que revelaría una clara intención pacifista y dejará atrás la arrogancia y desconfianza de épocas anteriores, siempre que el desarme sea hecho y con supervisión de un ente imparcial. Con suerte, también podría incluirse en el paquete la eliminación de todas las armas de destrucción masiva (ADM), o sea armas biológicas, químicas y radioactivas, ya que no hay razones válidas en nuestro mundo globalizado de que se amenace con el genocidio en otro país, aunque sea para fines defensivos. Así, estas armas serían prohibidas a escala mundial y cualquier nueva arma genocida que aparezca sería esgrimida sólo por parias internacionales o grupos terroristas, a riesgo de ser en seguida condenados, aislados y combatidos por todos, como parte de las nuevas reglas en una época de “cero armas genocidas”.

Es obvio que un desarme global y total en materia de ADM presentará formidables escollos para llevarse a cabo, por la natural desconfianza que se tienen las potencias, ya que ninguna ha jugado limpio en el pasado por aquello de que “todo es válido en la guerra”, lo mismo que cuando se esgrime la sacrosanta “seguridad nacional” para justificar planes militares. Si se quiere lograr una convivencia civilizada, sería hora de iniciar a escala mundial un desarme nuclear sincero, ya que está en el interés de todos, convirtiendo una absurda situación perder-perder en una de ganar-ganar. Sólo hay que imaginar el alivio que tendrá la humanidad si esas armas son destruidas y prohibidas en el futuro, liberando de paso importantes fondos para programas sociales y de infraestructura que reducirían notablemente la pobreza en el mundo e iniciaría un círculo virtuoso en pro de una era de mayor cooperación y prosperidad. Puede que algunos pesimistas aultranza la consideren una proposición idealista, pero es difícil creer que sea imposible y que no pueda prevalecer la buena voluntad, si se acepta que el hombre ha aprendido algo de tantas guerras.

En el fondo es una posición racional cuyas bondades son harto evidentes, y sólo el egoísmo o las ambiciones de algunas potencias podrían coartar el derecho que tenemos todos a vivir sin la espada de Damocles que representa la existencia de esos arsenales. Los cuales, de paso, nunca debieron haberse desarrollado en primer lugar, si no fuera por la megalomanía de un Hitler, que obligaron al inicio del proyecto Manhattan en EE.UU. y luego la nefasta imitación de otras potencias en la posguerra para “no quedarse atrás”. La ONU empezó con buenas intenciones, pero -con una única potencia nuclear deseosa de afirmar su hegemonía- no hubo el deseo de renunciar a las mismas ni la visión de prohibir dichas armas desde un principio, para que no hubiera una “carrera nuclear” entre las potencias occidentales y la URSS.

El caso palestino

Pasando al conflicto israelí-palestino, existe una marcada preocupación en el mundo por el acceso al poder, aunque sea por medios democráticos, de una organización política que ha tenido hasta ahora como consigna -además de la consolidación del estado palestino- la destrucción de Israel. Según las primeras reacciones, este hecho hará recrudecer el conflicto en el Oriente Medio, pues el mismo está en la base del antagonismo visible entre la civilización occidental y el mundo islámico. Y aunque muchos se resistan a hablar de un “enfrentamiento entre civilizaciones”, hay fuertes diferencias económicas y culturales que ahora separan ambas culturas. Los eventos en varios países islámicos en protesta por las “caricaturas ofensivas” debería disipar cualquier duda de que, al menos, existe mucha incomprensión y animosidad entre las dos culturas. Ciertamente, además del orgullo étnico y la identidad religiosa, hay otros factores envueltos en el conflicto, especialmente la pobreza y el desempleo, que inciden fuertemente en la frustración que sienten los sectores marginados del mundo islámico para que apoyen el constante hostigamiento hacia Israel, potencia que envidian por su evidente progreso material y superioridad militar. Esto, sin contar el oportunismo político que se nota en todos estos conflictos, con miras a explotar la ignorancia, el orgullo nacional y el antagonismo religioso en beneficio grupal o personal.

Pero, siendo objetivos, Israel también tiene parte de la culpa de la situación, no cuando los hebreos regresaron a su tierra ancestral después de la última guerra mundial -algo plenamente justificado por el holocausto- sino desde que mostraron su “arrogancia de vencedores” al ocupar en 1967 los territorios palestinos – Cisjodania y Gaza–, en ese tiempo pertenecientes a naciones árabes como Jordania y Egipto. Ese error estratégico ha costado miles de vidas y cuatro décadas de intranquilidad en el Oriente Medio, pues ha servido para justificar el terrorismo posterior de la OLP y la actual violencia de la intifada, que todavía no ha cesado a pesar de la aceptación tácita de una “hoja de ruta”, ahora opuesta por el Hamas. Producto de esa acción es la emergencia de organizaciones radicales que tienen una gran influencia en la vida política del Líbano y de los territorios palestinos, y que son apoyados materialmente por países petroleros como Irán o naciones recalcitrantes como Siria. En especial, ahora Irán está involucrado fuertemente en el conflicto árabe-israelí desde que su actual presidente ha propuesto la destrucción del estado de Israel, dando así un espaldarazo a la posición radical de Hamas y otros grupos agresivos. Y quizás el progreso de Hamas en la política palestina se debió en parte a este apoyo persa a la anacrónica consigna antisemita, que no tiene razón de ser en e clima de tolerancia mundial que se trata afanosamente de crear.

Se impone entonces, desactivar el conflicto antes de que tome cuerpo y lleve a aventuras irresponsables y posiciones extremas entre los países involucrados en el conflicto, que rebasa el Oriente Medio. En opinión del autor y de muchos analistas, esta compleja crisis sólo puede desactivarse en forma efectiva y duradera con la devolución incondicional de Israel de todos los territorios ocupados. Aunque esto sería un golpe para el orgullo y el bienestar material de muchos israelíes, existe un gran sector de ese país que piensa que Israel nunca debió haber colonizado los territorios palestinos, creando enclaves privilegiados dentro de los mismos y mantenerlos a fuerza de superioridad militar una situación inestable y sin futuro, ya que tarde o temprano los palestinos reclamarían sus territorios. La era de la colonización territorial ha terminado en los años 70, y es una lástima la falta de humildad y visión de los líderes israelíes, especialmente del campo conservador, y sólo un estadista como Yizak Rabin se dio cuenta del error -en el cual él mismo participó como militar- y trató de rectificarlo a tiempo con los acuerdos de Madrid y Oslo. Pero es difícil devolver lo obtenido con sangre y sudor, y de ahí la posición intransigente de los colonos, que comprensiblemente no quieren abandonar sus propiedades coloniales, legalizadas por los ambiciosos gobiernos posteriores a la guerra de 1967.

Por consiguiente, una retirada completa de todos los territorios palestinos es la única manera de poner fin al largo conflicto, antes de que se produzca una escalada de las tensiones y de las acciones militares o terroristas. Los líderes israelíes, si realmente tienen una visión de estadistas, deben convencer a su pueblo que es la única vía de tener una paz duradera, pues si permanecen enclaves dentro de Cisjordania, dicha colonias serían hostigadas constantemente, máxime ahora con un gobierno radical a cargo del gobierno de la Autoridad Palestina. En otras palabras, los enclaves no tienen vida, y antes de que se produzcan incidentes sangrientos con saldo de vidas inocentes, los israelíes podrían tomar la iniciativa y cumplir con los acuerdos de Oslo, que implicaban una retirada gradual de los territorios palestinos. Irónicamente, lo mismo que el sistema democrático hizo que llegara Hamas al poder, el mismo sistema puede frenar esa posición pacifista, ya que puede ser tildada de “entreguista” para fines electorales por los sectores ultra derechistas de Israel. Queda por ver si en las elecciones de marzo los israelíes favorezcan esta alternativa, si es propuesta por alguna de las agrupaciones políticas en la contienda que tenga el coraje de vender una “paz y seguridad por territorio” a sus electores.

La ventana de oportunidad está abierta y ojalá los israelíes sepan reconocerla a tiempo, a pesar del costo político que implica. Muchos están convencidos de que la mayoría aceptaría con gusto ese costo con tal de vivir en seguridad y prosperar sin amenazas de violencia. No hay duda que una iniciativa de paz de este calibre desarmaría a toda organización extremista, quitándole una bandera, dando al mismo tiempo un vuelco total en las relaciones geopolíticas del Oriente Medio… y del mundo entero.

Y junto con el total desarme atómico, esa trascendental decisión podría inaugurar una era de paz y progreso, en lugar de confrontación y retroceso, en la que todos ganaríamos. Dada la naturaleza humana y las realidades sociales, los conflictos entre naciones son inevitables, pero los dos mayores conflictos geopolíticos que encara el mundo actual pueden ser oportunidades de oro para lanzar iniciativas audaces e inteligentes, como el desarme nuclear y la entrega de territorios palestinos, y así llevar un poco de sosiego a todo del mundo. La inquietante duda es si habrá estadistas persuasivos y visionarios como Rabin, que no le teman al costo político y no se dejen influenciar por sus sectores militaristas, para desactivar dos preocupantes crisis geopolítica de la actualidad.

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One Response to Medio Oriente: Dos oportunidades para lograr una paz duradera

  1. angeles dice:

    gracias esto me ayudara en el examen .. gracias por la informacion.

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