Francia: El estallido de los marginados

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

Mucho se ha escrito sobre la espontánea rebelión que está experimentando Francia y – en menor escala – otros estados europeos. Las múltiples visiones posibles del caos generalizado han sido expuestas, pero ninguna me ha logrado satisfacer completamente.
En dichos análisis, no hay consenso ni siquiera en datos objetivos. Los observadores no se pueden poner de acuerdo si los que provocan el caos pertenecen a una clase social excluída o son simplemente vándalos que desean provocar el caos.

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Esta escena se repitió por toda Francia

Las culpas se reparten entre los imanes islámicos que alientan a la violencia, la derecha francesa que no integró a los habitantes extranjeros y la globalización.

Percibo este problema como algo más complejo que la poca atención del estado en cuestiones sociales, la discriminación o la clásica visión marxista de una lucha de clases.

Los jóvenes de orígen norafricano que incendian automóviles no pueden considerarse proletarios, ya que la mayoría no son obreros, no tienen un trabajo fijo, no poseen la “conciencia de clase”.

Tampoco se puede analizar el tema desde el punto de vista estrictamente religioso. Los pirómanos no llevan el estandarte religioso ni siquiera actúan en nombre de Alá, como muchos terroristas que operan en Medio Oriente.

Estos jóvenes viven en una realidad de no pertenencia, de aislamiento, de no integración, son parte de una sociedad paralela incompatible con los valores europeísticos.

Muchos expertos aseguran que “reciben un subsidio por desempleo, educación y salud gratuitas, sin embargo no quieren estudiar ni trabajar, sólo quieren contrabandear drogas y delinquir”.

Es cierto que varios de estos jóvenes cometen actos de barbarismo, trafican drogas, roban y no les interesa pertenecer al sistema educativo francés, pero hay que tener en cuenta de dónde vienen y por qué son así.

En primer lugar, no se puede generalizar, no todos se dedican a la delincuencia. Lo importante para analizar su conducta es que son hijos y nietos de inmigrantes norafricanos (árbes) y africanos subsaharianos (negros), cuyos ancestros han padecido la conquista, la explotación y el saqueo de sus países de orígen, obligándolos a emigrar a Francia.

Allí encontraron segregación, falta de oportunidades, nula representación gubernamental – no hay ningún legislador francés de orígen árabe -.

Muchos analistas le exigen a los rebeldes que se manifiesten dentro de la ley, que se organicen en sindicatos, partidos políticos, o en grupos que tengan sus representantes dentro de la democracia francesa, pero olvidan que ya han sido marginados de antemano, fueron separados de la sociedad cuando sus pdres o abuelos pusieron un pie en Francia.

En la actualidad, si algún estudiante practica alguna religión, no puede ostentar ninguna insignia rligiosa en ningún colegio. Esta medida fue tomada para evitar que los musulmanes se identifiquen como tales y creen supuestas alianzas anti occidentales. Eso es un incentivo más para que la clase segregada explote.

¿Como pueden pretender que no cometan actos de barbarísmo si la sociedad europea no los integra a la cultura y lo único que les brinda constantemente es violencia? Pero, eso no significa tampoco que sean bárbaros por naturaleza, actúan de manera desorganizada y violenta porque están devolviendo lo que obtienen diariamente de la sociedad.

Los expertos me dirán que Francia no tiene por qué integrar a otras culturas. Pero, en realidad, los europeos tienen la obligación de integrar a la periferia, porque Europa y EE.UU. – a través de sus estados primero y de sus compañías después – se han apropiado de las materias primas del mundo y han creado parias y marginados y la respuesta está ahora en los suburbios de cada país.

Si el capital privado a través de los sucesivos gobiernos franceses crea violencia y marginación, va a obtener lo mismo: más violencia.

Por supuesto que la masa humana que incendia autos no cree que de esa forma va a tener más integración y más beneficios sociales, pero es gente desesperada, muchos de los cuáles han llegado al país en manos de franceses que los han traficado como esclavos o como una mercancía, con promesas vacías de un futuro mejor en Europa, ya que en sus países de orígen es muy dura la vida por culpa del directo accionar colonial francés y de sus gobiernos arficanos corruptos.

La sociedad francesa es bastante xenófoba en su conjunto, si no, no se explica cómo el neofascist Jean Marie Le Pen llegó a la segunda vuelta en las elecciones para presidente.

Por otra parte, durante el gobierno de Jean Pierre Raffarin y el de Dominique de Villepin le han recortado el presupuesto a la educación pública, eso perjudica a los más pobres, por eso no es verdad que tengan todos las mismas oportunidades e iguales los beneficios sociales, que muchos analistas dicen que tienen.

En sí, estos actos de violencia son aberrantes, no los comparto por nada, me parecen espantosos y terribles, pero no hay que “tapar el sol con la mano”. Los franceses tienen que ver el verdadero problema, que se originó hace mucho, no es nada nuevo.

La Revolución de 1789 no soluciónó el problema original de las desigualdades sociales, porque lo que buscaba la burguesía no cambiar las estructuras económicas de dominación, sino posicionarse como clase social dominante en contra del naciente proletariado industrial, al cuál sigue dominando después de más de dos siglos.

El desastre que ha hecho Francia en las colonias es un poco el orígen de este caos.

Este año, los diputados y senadores franceses aprobaron una ley que reconoce “la obra realizada por Francia” en sus antiguas colonias. Estuve leyendo que un artículo de esa ley exige que los programas escolares “reconozcan en particular la labor positiva de la presencia francesa en ultramar”.

Poco tuvo de positivo el colonialismo francés en África por ejemplo. Lo único bueno, a diferencia del colonialismo inglés era que Francia buscaba integrar a los habitantes de las colonias dentro de la sociedad, al darles educación.

Pero, la descolonización fue fatal. Por ejemplo, la retirada de Guinea Conakry, a fines de la década del 50, fue desastroza. Francia se llevó hasta los cables de teléfono que habían puesto. Dejaron al país vacío.

En septiembre pasado, el ministro del Interior francés, Nicolas Sarkozy incluyó en la campaña electoral el miedo a un atentado terrorista en Francia. Eso es típico de los que quieren dominar con el terror para posicionarse políticamente. Pero, Sarkozy sólo debió esperar, ya que luego de la revuelta de los jóvenes marginados, con sus insultos y su represión, la imagen del ministro creció hasta el punto de ser el favorito en las próximas elecciones presidenciales.

A pesar de haberse calmado los ánimos, el gobierno de Chirac tiene una doble estrategia, golpear con Sarkozy y calmar con Villepin.

Al comienzo de la revuelta, Chirac manifestó: “la evolución de las cosas supone el respeto mutuo de la Justicia y la igualdad de las posibilidades. Estamos determinados a ir en ese sentido”. Ahora, con la llegada de un poco de calma, el gobierno está implementando mejores planes sociales para hijos de extranjeros y habitantes de barrios marginales, está poniendo en marcha un paliativo que debió haber puesto en práctica, pero de manera más equitativa, desde la época de la descolonización.

Ahora, la derecha francesa se acuerda de que hay una masa oculta de marginados que tienen voz y capacidad de acción, anárquica por cierto, pero los que más se perjudican con el caos es la clase media francesa propietaria de automóviles – que en gran parte es el instrumento de la segregación – y por supuesto los mismos pobres, ya que su nula capacidad de organización no puede hacer frente a la represión del gobierno y a que surja un nuevo Le Pen llamado Sarkozy.

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