China: Un país, dos sociedades

Por Daniel Galvalizi – Diego García Schmucler

El proceso de modernización y apertura económica encarado por el gobierno chino desde finales de la década del ’70 ha provocado múltiples consecuencias que transformaron el carácter político, económico, social y cultural de este país. Si bien hoy son evidentes los aspectos positivos de estas reformas, también se observa un progresivo incremento de las desigualdades que divide al país en dos realidades contrapuestas. Esta cuestión es una de las grandes preocupaciones de la dirigencia política actual que teme por una “latinoamericanización” de su sociedad.

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Cuando Deng Xiaoping en 1978 intentó dar un cambio de dirección a la estructura económica china, se enfrentaba con un sistema centralmente planificado, principalmente rural y carente de especialización y tecnología. La era maoísta había terminado con la muerte de su líder (Mao Zedong), y el ala reformista del Partido Comunista Chino (PCCh) procuraría llevar a cabo un proceso de reformas estructurales con el objetivo de desarrollar una economía añeja que no satisfacía las demandas de su población.

Como cabeza de la administración central y líder del poderoso PCCh, Deng sumaría elementos capitalistas a la economía china, permitiendo la coexistencia de la planificación estatal con el libre mercado. También descentralizó el poder e introdujo un nuevo marco jurídico-económico acorde a una economía de mercado. Promovió la política de “las cuatro modernizaciones”: agricultura, industria, ciencia y tecnología, y defensa. Introdujo mentalidad empresarial modificando el tipo de producción de las familias campesinas. La exhortación moral ya no sería el estímulo, sino la ganancia material.

En cuanto a la industria, se abandonaron las ambiciones de industrialización pesada y se favorecieron las inversiones extranjeras para la liviana, privilegiando los bienes de consumo exportables. El comercio, el ingreso de tecnología y de capital extranjero (especialmente en la forma de join ventures) constituirían la base de las reformas. Se establecieron tres Zonas Económicas Especiales (ZEE), donde las firmas extranjeras podrían instalar sus plantas y mantener personal según normas internacionales, lo que revitalizó la economía de la región costera sureste desde Shangai hasta Hong Kong, convirtiéndola en el epicentro del motor de su desarrollo, el boom exportador. Así, China reconfiguró la composición de sus exportaciones: en 1978 su mayor venta al exterior eran bienes intensivos en agricultura, mientras que para fines de los ’90 lo eran bienes intensivos en trabajo y textiles y telas.

Estas transformaciones tuvieron su lógico correlato en una nueva política exterior: se normalizaron las relaciones diplomáticas con EE.UU. y los organismos internacionales, se ingresó al Fondo Monetario Internacional (FMI), al Banco Mundial (BM) y, a principios del siglo XXI, a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Al concluir el gobierno de Deng en 1995, el sistema comunista que China había importado de la URSS estaba totalmente totalmente desmantelado: en su lugar se había formado una economía mixta. Si en 1970 la agricultura empleaba al 81% de la población, la industria al 10% y los servicios al 9 en 1998 la agricultura descendió al 50% y la industria y los servicios ascendió al 23% y 27% respectivamente.

Como era de esperar, esta reconfiguración de la estructura económica también modificó profundamente la estructura política y, en especial, la social. A mediados de la década del ochenta, comenzó a producirse un proceso migratorio del interior hacia las regiones de la costa (ZEE), generando un nivel de urbanización nunca antes visto: en 1970 la relación entre población rural y urbana era de 82% y 18%, mientras que en 2001 se re equilibró a 64%-36%, y las proyecciones indican que la urbanización alcanzará el 60% para 2030.

De esta manera, puede observarse que las ZEE fueron las zonas más beneficiadas por el impulso de estas reformas, que permitieron un gran crecimiento económico de estas, a raíz del enorme crecimiento industrial como resultado de la llegada de inversiones foráneas, por las fuertes olas migratorias provenientes del campo, que, a su vez, implicaron la construcción de poderosas urbes.

Así, nos encontramos en pleno siglo XXI con un escenario que presenta una China partida en dos regiones claramente diferenciadas. Una que se expande desde la zona central del país hasta los límites occidentales, que está excluida de las ventajas de las reformas: la industrialización es limitida, sigue basando su economía principalmente en la actividad rural, y sus habitantes poseen los más bajos ingresos del país.

En la otra región, costera u oriental, se encuentran las ZEE, que poseen características completamente opuestas: hay altos niveles de industrialización, urbes de gran magnitud y la mayoría de su población -si bien no es la mayoría de la población del país- cuenta con los más altos ingresos.

Esta división que hemos definido a grandes rasgos, presenta una preocupante realidad social que se evidencia básicamente en el aumento de las asimetrías entre las poblaciones de ambas regiones, y se materializa en indicadores como el ingreso, la ocupación, el alcance a la seguridad social, la salud, la educación, la pobreza, la mortalidad, entre otros.

En la actualidad, éste es uno de los principales temas de la agenda gubernamental. A raíz del análisis de las sociedades latinoamericanas y del fenómeno de la polarización social que las caracteriza -y como resultado de las reformas estructurales de carácter neoliberal que se implementaron en la mayoría de estos países en los`90- la actual dirigencia china teme que lo mismo suceda con ellos. De esta reflexión implementan el término latinoamericanización de la sociedad como sinónimo de polarización y fragmentación social.

Esta preocupación ha generado un importante cambio en la política económica- social de este país, que si bien sigue apuntando al crecimiento en términos de indicadores económicos, ahora hace mayor hincapié en aspectos cualitativos de su crecimiento, más que en aspectos cuantitativos. En otras palabras: se preocupa más por la calidad del crecimiento económico. Esto implica que este proceso de reformas estructurales se redistribuirá internamente en forma más equitativa en todas las regiones con el fin de beneficiar no solo las zonas costeras sino también a las centrales y occidentales. Para esto se implementarán planes de incentivo de las inversiones extranjeras y proyectos relacionados directamente con aspectos como la educación, y la salud, en las regiones anteriormente excluidas de los beneficios.

El éxito de estos importantes proyectos es el desafío más importante que se le presenta a la actual dirigencia china para lograr uno de sus objetivos principales: la consolidación y el mantenimiento del crecimiento económico, para establecerse como una de las grandes potencias de la región y del mundo.

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