El frágil equilibrio de Pakistán

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

El escenario político pakistaní está conformado por distintas piezas que lo tornan inestable, como por ejemplo las desafiantes tribus islámicas y las mafias regionales, a lo que se le suma una dictadura que acumula un desmesurado poder interno y es sustentada por Estados Unidos con el descontento de la población. Además el conflicto con India por la provincia de Cachemira vuelven aun más peligroso el frágil equilibrio de Pakistán.

2004_12_24_badshahiMezquita de Badshahi en Karachi

La dictadura pakistaní encabezada por Pervez Musharraf acaba de demostrar que la tan anunciada democratización del país asiático no es más que una simulación, que se ha ido incrementando desde el golpe de octubre de 1999.

Musharraf anunció, el 18 de diciembre, que mantendría, a pesar de la inconstitucionalidad de la medida, los dos cargos: de presidente de la República y de jefe del Ejército. Pero esta decisión no es casual, ya que surgió del reciente apoyo explícito de EE.UU. y de la Comunidad Británica de Naciones.

No es la primera vez que el presidente de facto, importantísimo aliado de los intereses económicos estadounidenses y saudíes en la región, viola la Constitución y asume poderes que no le corresponden.

Cronología de la dictadura de Musharraf

La mayor parte del ejército pakistaní es pro islamista y mantiene un rechazo hacia las injerencias occidentales en el mundo islámico. De ahí surgió Musharraf, del seno del islamismo más radical, por eso apoyó – al igual que Washington – la toma del poder de las milicias talibanes en Afganistán en 1996.

Luego de los atentados del 11 de septiembre, EE.UU. levantó las sanciones económicas que mantenía desde 1998, a raíz de un conflicto con India, que casi arrastra al sur de Asia a una guerra nuclear, a cambio del apoyo incondicional de Pakistán a la ocupación del vecino Afganistán.

Inmediatamente, el gobierno expulsó del ejército a los oficiales más islamistas y así Musharraf se convirtió en el principal líder antiterrorista de la región.

En 2002, el gobierno ganó un referéndum para que Musharraf pudiese ser presidente cinco años más. El 97 por ciento de los pakistaníes lo apoyaron, a pesar de las denuncias de fraude de los observadores nacionales e internacionales.

La débil oposición acusó al presidente de querer debilitar aun más la democracia al decretarse superpoderes, entre ellos, la facultad de disolver el parlamento elegido democráticamente. A esto se sucedieron proscripciones electorales y varios nombramientos a dedo de altos cargos a aliados de Musharraf, que deberían haber sido elegidos popularmente.

Conflicto de Cachemira

Las dos guerras que mantuvieron India y Pakistán por la soberanía de Cachemira, cuya población es mayoritariamente musulmana pero por capricho de un líder hindú de la provincia pasó a formar parte de la India (dos tercios de la región), dejaron heridas que aun no han cerrado, a pesar de que este año fue propicio para las conversaciones y distensiones.

Desde 1989, una guerrilla islámica opera en la Cachemira India. Nueva Dehli acusa a Pakistán de apoyarla.

Pero, los diálogos que se produjeron a lo largo de este año arrojaron varias propuestas: una re división del territorio para dejar las zonas musulmanas dentro de Pakistán y las hindúes dentro de la India, también se habló de una autonomía controlada por las Naciones Unidas.

Un plebiscito sería inaceptable para la India, puesto que la mayoría musulmana votaría por la anexión total de Cachemira a Pakistán, mientras que Pakistán rechaza la actual frontera que favorece a India.

Lo concreto es que ambos países retiraron tropas de la provincia a fines de 2004, pero las guerrillas siguen comentiendo atentados.

El frente interno

Los alzamientos de los caudillos tribales, que dominan amplios territorios e imponen su ley fueron un dolor de cabeza para Musharraf en el último año, al igual que el recrudecimiento de atentados suicidas, enfrentamientos religiosos entre chiítas y sunnitas y guerrillas en provincias secesionistas.

Las organizaciones mafiosas que operan lejos del poder central, pero actúan en conjunto con el ejército de Pakistán, han incrementado su campo de acción desde el comienzo de la guerra de Afganistán. Más de 3 millones de refugiados afganos, muchos de ellos combatientes talibanes, han llegado a las provincias occidentales del país. La paupérrima situación de los refugiados es aprovechada por grupos ilegales para utilizarlos en el contrabando de armas, el lavado de dinero, y para reclutar combatientes o suicidas que operan en la India o en Cachemira,

A comienzos de este año, la rebelión de varias tribus islámicas de la provincia de Waziristán provocó enfrentamientos armados con el ejército nacional, pero por sorpresa para Islamabad, dos tribus históricamente rivales se unieron para combatir a las fuerzas gubernamentales.

La provincia sur de Beluchistán, que está compartida por Irán, Pakistán y Afganistán, es la que tiene los mejores recursos naturales, pero allí viven los beluches, que presentan los niveles más bajos de desarrollo de Pakistán.

Los beluches fueron muy combativos contra el ejército colonial británico, y contra los países que  los dominaron luego; actualmente la guerrilla no puede ser controlada y los atentados suicidas se están incrementando con el correr de los meses.

Al Qaeda

Miles de combatientes talibanes han llegado al territorio pakistaní, el ejército nacional siempre simpatizó con ellos, sin embargo, el gobierno militar debe demostrar firmeza en su compromiso con Washington para la lucha contra el terrorismo. Durante 2004 con cada detención de un líder de Al Qaeda, se suceden atentados terroristas, inclusive contra el propio presidente, lo que demuestra que el islamismo violento no ha sido controlado en Pakistán como predica Musharraf.

Conclusión

A pesar de que el problema de Cachemira no es sencillo, la distensión con la India es un aspecto positivo que genera esperanzas de una posible pacificación, pero los enfrentamientos tribales y religiosos y el apoyo de gran parte de la población a los combatientes anti occidentales vuelve la situación política muy inestable. El equilibrio se mantiene por el abuso de poder por parte de la dictadura militar, pero Musharraf no está exento a sufrir un golpe por parte del ejército pro islamista.

Esto parece lejano, más aun, cuando EE.UU. y Gran Bretaña apoyan firmemente la dictadura en nombre de la lucha contra el terrorismo.

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