Palestina sin Arafat

Por Maximiliano Sbarbi Osuna

Arafat fue la excusa de los radicales israelíes para interrumpir el diálogo. Ahora, sin ese supuesto obstáculo, entre los probables sucesores se encuentran en su mayoría políticos moderados bien vistos por Washington y por Israel, con los cuáles no habría demasiados problemas para negociar.

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“Arafat es el gran obstáculo para las conversaciones de paz”. Ese es el argumento de la derecha israelí, que nunca tuvo en sus planes hacer concesiones para que se cree un Estado Palestino, ni mucho menos terminar con la violencia.

Desde que Ariel Sharon encendió la mecha de la segunda intifada palestina cuando paseó armado por la explanada de las mezquitas en Jerusalem, en un claro y hábil doble juego político: crear las condiciones para la represión militar de los palestinos y desestabilizar a su rival político, el laborista Ehud Barak, la violencia no ha cesado. El aumento de los atentados de los fanáticos terroristas islámicos volvió más temeroso y conservador al pueblo israelí, que pocos años antes había apoyado los acuerdos de Oslo para poner fin a medio siglo de enfrentamientos con sus vecinos árabes.

Al contrario de lo manifestado al principio, Arafat era el único personaje, en este escenario, capaz de mantener el equilibrio entre las distintas facciones palestinas: políticos, guerrilleros y el pueblo sometido. Muchos lo acusaban de permitir la corrupción, o de ser autoritario, pero más allá del grado de veracidad, Arafat no aceptó cualquier propuesta israelí que deshonrara a su pueblo, ni siquiera la más osada, que fue la de Barak en Camp David en 2000.

Empeoramiento del conflicto

Precisamente, ese fue el comienzo del nuevo conflicto. Las propuestas de Barak, que incluían la retirada israelí del 97 por ciento de los territorios ocupados, provocó la ira del fundamentalismo religioso judío, por eso Sharon aprovechó la ocasión para convertirse en el Primer Ministro. Pero Arafat rechazó la oferta por no incluir el regreso de los 3 millones de exiliados palestinos, que fueron forzados a abandonar su tierra desde la retirada británica en 1948.

Arafat pasó, para el mundo occidental, de ser un Premio Nobel de la Paz a convertirse un terrorista que no controlaba a los fanáticos. Este cambio de visión no es casual, porque en el 2000 la intifada estaba en su auge y los atentados suicidas crecían en respuesta a las incursiones militares israelíes y además George W. Bush llegó a la Casa Blanca teninedo muy clara su política en Medio Oriente, en la cuál no encajaba el líder palestino.

Un escenario posible

Arafat fue la excusa de los radicales israelíes para interrumpir el diálogo. Ahora, sin ese supuesto obstáculo, entre los probables sucesores se encuentran en su mayoría políticos moderados bien vistos por Washington y por Israel, con los cuáles no habría demasiados problemas para negociar:

– Abu Mazen: compañero de Arafat en el exilio, pero muy conciliador. A diferencia de Arafat, sería recibido por el presidente Bush.

– Ahmed Korei: el actual Primer Ministro. Israel aplaudió la llegada al gobierno.

– Farouk Kaddoumi: Líder del partido Al Fatah (fundado por Arafat)

– Muhamed Dahlan: Líder de Al Fatah en Gaza

Cualquiera de estos cuatro personajes podrían convertirse en presidente de la Autoridad Nacional Palestina y ninguno representaría problema alguno y la paz con Israel sería alcanzada. Pero hay varios obstáculos no menores.

El único candidato que tiene una enorme popularidad, pero se mantiene duro y sigue alentando la revuelta desde una cárcel israelí es Marwan Barghouti, también del partido Al Fatah.

Consecuencias del escenario Bush

Las elecciones están planificadas para el 9 de enero. El principal opositor del partido Al Fatah, es el partido Hamas (que fue creado por la inteligencia israelí en 1987 para debilitar a Arafat, pero se le volvió en contra). Su línea política es dura y no reconoce la existencia ni el derecho a existir del Estado de Israel, y sus brazos armados han cometido varios atentados suicidas asesinando a decenas de civiles israelíes.

Hamas amenazó con boicotear las elecciones si además no se incluyen comicios legislativos. La popularidad de este partido ha crecido de manera asombrosa en los últimos años. Está integrado por una generación distinta a la de Al Fatah, ya que sus miembros, en su mayoría jóvenes, han nacido bajo la ocupación israelí.

Tanto Hamas como otras organizaciones guerrilleras no aceptarían un plan de paz de Sharon, que por cierto sería mucho menos concesivo que el de Barak. Esto podría crear una guerra civil, la cuál beneficiaría a Israel al tener a la resistencia debilitada o quizás haría aumentar los ataques suicidas de los extremistas.

Ventajas y obstáculos de Sharon

El premier israelí cuenta con tres ventajas: la aprobación del parlamento de su plan unilateral de retirada de Gaza, la inexistencia de líderes nacionalistas árabes (Hussein, que fue depuesto y Kadafi, que abandonó el terrorismo) y por último la reelección de Bush.

Sin embargo, un sector importante de su partdo Likud y los partidos religiosos quieren ver rodar su cabeza, porque consideran que la retirada de Gaza demuestra la debilidad israelí y piensan – con razón – que esto alentaría a Hamas y a las brigadas de Al Aqsa a cometer más atentados para que Israel se retire de Cisjordania.

Conclusión

Las primeras balas de una posible guerra civil palestina ya fueron disparadas ayer domingo a la tarde cuando el candidato de Al Fatah, Abu Mazen presenció un tiroteo entre distintos movimientos políticos, que lo consideran muy débil.

Muchos analistas creen que es muy difícil la realización de elecciones bajo la ocupación militar. Esto queda demostrado cuando varios miembros del gabinete israelí prohibieron que los palestinos de Jerusalem oriental acudan a votar.

Durante gran parte de su vida, Yaser Arafat defendió la lucha armada, pero en sus últimos años la condenó, apostó a la paz a pesar de haber perdido poder y desde el año 2000 el eje conservador Washington-Tel Aviv no lo reconocía como un interlocutor válido y lo mantenía prácticamente preso. Quizás debió haber aceptado la mejor oferta israelí en la historia, la de Barak, pero el odio de los refugiados de las guerras contra Israel desde 1948 y de su propio pueblo hubiese sido un gran obstáculo para la paz interna de Palestina.

El tiempo va a demostrar que Arafat no era un escollo para la paz, por el contrario, si Barak no hubiese sufrido la presión del fundamentalismo judío y Arafat del extremismo islámico, es probable que hayan podido llegar a un acuerdo.

La próxima llegada al gobierno de Palestina de un posible líder muy conciliador, con la factible consecuencia de una guerra civil, no genera la mejor expectativa de paz, salvo que eso sea lo que busque el extremismo israelí y el conservadurismo norteamericano, para seguir neutralizando la posibilidad de la creación de un Estado Palestino independiente.

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